La mujer es muy distinta: tiene las cualidades de que carece su esposo, pero también los defectos. Es inteligente, de genio vivo y emprendedor, astuta y habilidosa,[4.3] por lo cual lleva casi siempre la dirección de la familia: en cambio suele ser codiciosa, deslenguada y pendenciera. Esto en cuanto a lo moral.[4.4] Por lo que toca a lo corporal, no hay más que[4.5] rendirse y confesar que no hay en Asturias y por ventura en España quien sostenga comparación con ellas. Altas, esbeltas, de carnes macizas y sonrosadas, cabellos negros abundosos, ojos negros también y rasgados,[4.6] que miran con severidad como los de las diosas griegas; la nariz, recta o levemente aguileña, unida a la frente por una línea delicada, termina con ventanas un poco dilatadas y de movilidad extraordinaria, indicando bien su natural impetuoso y apasionado; la boca fresca, de un rojo vivo que contrasta primorosamente con la blancura de los dientes; caminan con majestad, como las romanas; hablan velozmente y con acento musical, que las hace reconocer en seguida donde quiera que van; sonríen poco, y eso con cierto desdén olímpico. No creo que en ningún otro rincón de España se pueda presentar un ramillete de mujeres tan exquisito.
En este rincón, como en todos los demás de la tierra, se representan comedias y dramas, no tan complicados como en las ciudades, porque son más simples las costumbres, pero quizá no menos interesantes. Uno de ellos se me ofrece que contar: es la historia sencilla de un pobre marinero. Escuchadla los que amáis[5.1] la humilde verdad, que a vosotros la dedico.
I
Eran las dos de la tarde. El sol resplandecía vivo, centelleante, sobre el mar. La brisa apenas tenía fuerza para hinchar las velas de las lanchas pescadoras que surcaban el océano a la ventura.[5.2] Los picos salientes de la costa y las montañas de tierra adentro[5.3] se veían a lo lejos envueltas en un finísimo cendal azulado. Los pueblecillos costaneros brillaban como puntos blancos en el fondo de las ensenadas. Reinaba silencio, el silencio solemne, infinito, de la mar en calma. La mayor parte de los pescadores dormían o dormitaban en varias y caprichosas actitudes; quiénes de bruces sobre el carel,[6.1] quiénes respaldados, quiénes[6.2] tendidos boca arriba sobre los paneles o tablas del fondo. Todos conservaban en la mano derecha los hilos de los aparejos, que cortaban el agua por detrás de la lancha en líneas paralelas: la costumbre les hacía no soltarlos[6.3] ni en el sueño más profundo. Marchaban treinta o cuarenta embarcaciones a la vista unas de otras, formando a modo de escuadrilla,[6.4] y resbalaban tan despacio por la tersa y luciente superficie del agua, que a ratos parecían inmóviles. La lona tocaba a menudo en los palos, produciendo un ruido sordo que convidaba al sueño. El calor era sofocante y pegajoso, como pocas veces acontece en el mar.
El patrón de una de las lanchas abandonó la caña del timón por un instante, sacó el pañuelo y se limpió el sudor de la frente; después volvió a empuñar la caña, y paseó una mirada escrutadora por el horizonte, fijándose[6.5] en una lancha que se había alejado bastante; presto volvió a su actitud descuidada, contemplando con ojos distraídos a sus dormidos compañeros. Era joven, rubio, de ojos azules; las facciones, aunque labradas y requemadas por la intemperie, no dejaban de ser[6.6] graciosas; la barba, cerrada y abundante; el traje, semejante al de todos los marineros, calzones y chaqueta de algodón azul y boina blanca; algo más fino, no obstante, y mejor arreglado.
Uno de los marineros levantó al cabo la frente del carel, y restregándose los ojos, articuló oscuramente y con mal humor:
—¡El diablo me lleve si no vamos a estar encalmados todo el día!
—No lo creas—repuso el patrón escrutando de nuevo el horizonte,—antes de una hora ventará fresco del Oeste; el semblante viene de allá:[7.1] Tomás ya amuró[7.2] para ir al encuentro.
—¿Dónde está Tomás?—preguntó el marinero, mirando al mar con la mano puesta sobre los ojos a guisa de pantalla.
—Ya no se le ve.