—¿Pescó algo?

—No me parece...; pero pescará... y todos pescaremos. Hoy no nos vamos sin bonito[7.3] a casa.

—Allá veremos[7.4]—gruñó el marinero echándose nuevamente de bruces para dormir.

El patrón tornó a ser[7.5] el único hombre despierto en la embarcación. Cansado de mirar el semblante, el mar y las lanchas, puso los ojos en un marinero viejo que dormía boca arriba debajo de los bancos, con tal expresión de ferocidad en el rostro, que daba miedo. Mas el patrón, en vez de mostrarlo, sonrió con placer.

—Oye, Bernardo—dijo tocando en el hombro al marinero con quien acababa de hablar;—mira qué cara tan fea pone el Corsario para dormir.[7.6]

El marinero levantó otra vez la cabeza y sonrió también con expresión de burla.

—Aguarda un poco, José, vamos a darle un chasco... Dame acá esa piedra...

El patrón, comprendiendo en seguida, tomó un gran pedrusco que servía de lastre en la popa y se lo llevó en silencio a su compañero. Éste fue sacando del agua con mucha pausa y cuidado el aparejo del Corsario, y cuando hubo topado con el anzuelo, le amarró con fuerza el pedrusco y lo dejó caer muy delicadamente en el agua: y con toda presteza se echó de nuevo sobre el carel en actitud de dormir.

—¡Ay, María![8.1]—gritó despavorido el marinero al sentir la fuerte sacudida del aparejo: la prisa de levantarse le hizo dar un testerazo[8.2] contra el banco; pero no se quejó.

Los compañeros todos despertaron y se inclinaron de la banda de babor, por donde el Corsario comenzaba a tirar ufano[8.3] de su aparejo. Bernardo también levantó la cabeza, exclamando con mal humor: