—¡Ya pescó el Corsario! ¡Se necesita que no haya un pez en la mar para que este recondenado no lo aferre![8.4]

Al decir esto guiñó el ojo a un marinero, que a su vez dio un codazo a otro, y éste a otro; de suerte que en un instante casi todos se pusieron al tanto de[8.5] la broma.

—¿Es grande, Corsario?—dijo otra vez Bernardo.

—¿Grande?... Ven aquí a tener; verás cómo tira.

El marinero tomó la cuerda que el otro le tendía, y haciendo grandes muecas de asombro frente a[8.6] sus compañeros, exclamó en tono solemne:

—¡Así Dios me mate,[8.7] si no pesa treinta libras! Será el mejor animal de la costera.[8.8]

Mientras tanto[8.9] el Corsario, trémulo, sonriente, rebosando de orgullo, tiraba vigorosamente, pero con delicadeza, del aparejo, cuidando de arriar de vez en cuando[8.10] para que no se le escapara la presa. Los rostros de los pescadores se inclinaban sobre el agua, conteniendo a duras penas la risa.

—¿Pero qué imán o qué mil diablos traerá consigo[8.11] este ladrón, que hasta dormido aferra los peces?—seguía exclamando Bernardo con muecas cada vez más[9.1] grotescas.

El Corsario notó que el bonito, contra su costumbre, tiraba siempre en dirección al fondo; pero no hizo caso,[9.2] y siguió[9.3] trayendo el aparejo, hasta que se vio claramente la piedra al través del agua.

¡Allí fue Troya![9.4] Los pescadores soltaron todos a la vez el hilo de la risa,[9.5] que[9.6] harto lo necesitaban, prorrumpieron en gritos de alegría, se apretaban los ijares con los puños y se retorcían sobre los bancos sin poder sosegar el flujo de las carcajadas.