—¡Adentro con él, Corsario, que ya está cerca!

—No es bonito, pero es un pez muy estimado por lo tierno y sabroso.

—Sobre todo con aceite y vinagre y un si es no es[9.7] de pimentón.

—Apostad a que no pesa treinta libras como yo decía.

El Corsario, mohino, fruncido y de malísimo talante, metió a bordo el pedrusco, lo desamarró y soltó de nuevo el aparejo al agua: después echó una terrible mirada a sus compañeros y murmuró:

—¡Cochinos, si os hubierais visto en los apuros que yo,[9.8] no tendríais gana de bromas!

Y se tendió de nuevo, gruñendo feos juramentos. La risa de los compañeros no se calmó por eso; prosiguió viva un buen rato, reanimada, cuando estaba a punto de fenecer, por algún chistoso comentario. Al fin se calmó, no obstante, o más bien, se fue trasformando en alegre plática, y ésta a la postre en letargo y sueño.

Empezaba a refrescar la brisa: al ruido de la lona en los palos sucedió el susurro del agua en la quilla.

El patrón, con la cabeza levantada, sin perder de vista las lanchas, aspiraba con delicia este viento precursor del pescado: echó una mirada a los aparejos para cerciorarse de que no iban enredados, orzó un poco para ganar el viento, atesó cuanto pudo la escota y se dejó ir. La embarcación respondió a estas maniobras ladeándose para tomar vuelo. Los ojos de lince del timonel observaron que una lancha acababa de aferrar.

—Ya estamos sobre el bonito—dijo en voz alta; pero nadie despertó.