Al cabo de un momento, el marinero más próximo a la proa gritó reciamente:

—¡Ay, María!

El patrón largó la escota para suspender la marcha. El marinero se detuvo antes de tirar, asaltado por el recuerdo de la broma anterior, y echando una mirada recelosa a sus compañeros, preguntó:

—¿Es una piedra también?

—¡Tira, animal!—gritó José temiendo que el pescado se fuese.

El bonito había arrastrado ya casi todo el aparejo. El marinero comenzó a tirar con fuerza. A las pocas brazas de hilo que metió dentro,[10.1] lo arrió de nuevo, porque el pez lo mantenía harto vibrante, y no era difícil que lo quebrase; volvió a tirar y volvió a arriar; y de esta suerte, tirando y arriando, consiguió pronto que se distinguiese allá en el fondo un bulto oscuro que se revolvía furioso despidiendo destellos de plata: y cuanto más se le acercaba al haz del agua, mayores eran y más rabiosos sus esfuerzos por dar la vuelta[11.1] y escapar; y unas veces, cuando el pescador arriaba el cabo, parecía conseguirlo, remedando en cierto modo al hombre que, huyendo, se juzga libre de su fatal destino; y otras, rendido y exánime, se dejaba arrastrar dócilmente hacia la muerte. Al sacarlo de su nativo elemento y meterlo a bordo, con sus saltos y cabriolas salpicó de agua a toda la tripulación. Después, cuando le arrancaron el anzuelo de la boca, quedó inmóvil un instante, como si hiciese la mortecina;[11.2] mas de pronto[11.3] comenzó a sacudirse debajo de los bancos con tanto estrépito y furor, que en poco estuvo no saltase otra vez al agua.[11.4] Pero ya nadie hacía caso de él; otros dos bonitos se habían aferrado casi al mismo tiempo, y los pescadores se ocupaban en meterlos dentro.

La pesca fue abundante. En obra de[11.5] tres o cuatro horas, entraron a bordo ciento y dos bonitos.

—¿Cuántos?—preguntaron desde una lancha que pasaba cerca.

—Ciento dos. ¿Y vosotros?

—Sesenta.