Así que la mujer y los chicos salieron de la taberna, se enredó de nuevo la disputa sobre el percance[89.1] de la tarde: poco a poco todos los marineros fueron tomando parte en ella, hasta no entenderse nadie.

José permanecía silencioso al lado del mostrador, apurando de vez en cuando el vaso de vino que la tabernera le presentaba. Al fin, tanto fue lo que bebió, sin advertirlo, que perdió la cabeza y fue preciso trasportarlo a casa, en completo estado de embriaguez.

IX

Recogió, en efecto, a la viuda y sus hijos en casa y los mantuvo todo lo bien que[89.2] le consentían sus escasos recursos. Pero éstos, en vez de aumentar, fueron disminuyendo: la costera de la sardina fue desdichada hasta el fin; no hubo apenas congrio ni merluza: cuando llegó la del besugo, por los meses de Diciembre y Enero, José estaba empeñado en más de mil reales, y aun le faltaba pagar cuatro barriles de raba, que ascendían a una respetable cantidad. Viéndose perseguido por los acreedores, se deshizo de su lancha, la cual por ser vieja y venderse con prisa, le valió poco dinero. Una vez sin lancha, no tuvo más remedio que entrar de simple compañero en otra, ganando como los demás, una soldada, que aquel año era cortísima.

Agregábase a estas calamidades la de no tener sosiego en casa. Su madre no sufría con paciencia los reveses de la fortuna y se rebelaba contra ella, armando por el más liviano motivo una batahola, que se oía de todos los rincones del pueblo. Dentro de casa, su hija, sus nietos y el mismo José, cuando llegaba de la mar, eran víctimas de aquella cólera que se le había derramado por el cuerpo y que la ahogaba. Por otra parte, la hermana casada no veía con buenos ojos que la viuda y sus hijos se estuviesen comiendo todo lo que había en casa de su madre y la dejasen arruinada, cuando ella no había sacado ni un mal jergón[90.1] (eran sus palabras); y no dejaba de echárselo en cara siempre que podía, y de ahí se originaban pendencias repugnantes que convertían la vivienda en un verdadero infierno.

Para salir de él temporalmente, y no morirse de tristeza, nuestro desgraciado marinero asistía de vez en cuando a la taberna y se pasaba allí algunas horas charlando y bebiendo con sus compañeros. Poco a poco el vicio de la bebida, que tanto había aborrecido, se fue apoderando de él, y si no le dominó por entero como a otros, haciéndole olvidar sus obligaciones, todavía fue lo bastante para que en el pueblo se dijese que «estaba convertido en un borracho.» La señá Isabel se daba prisa a propalar esta especie entre las comadres.

La miseria, el trabajo, la discordia doméstica, no serían poderosos a abatir el ánimo del pescador si a ellas no se añadiese la soledad del corazón, que es el desengaño. Educado en la desgracia, padeciendo desde que nació todos los rigores de la suerte, luchando con la ferocidad de la mar y con los caracteres no menos feroces de su madre y hermanas, poco le importaría[90.2] un latigazo más de la fortuna si su vida no hubiera sido iluminada un instante por el sol de la dicha. Pero había tropezado con el amor en su monótona existencia, y había tropezado al tiempo mismo en que alcanzaba también el bienestar material. De pronto, bienestar y amor se habían huido: apagose el rayo de luz: quedó sumido en las tinieblas de la miseria y la soledad. Y si es cierto, como afirma el poeta, que no existe mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la desgracia,[91.1] no es maravilla que el pobre José buscase un lenitivo al suyo y el olvido momentáneo de sus penas en la ficticia alegría que el vino comunica.

Desde la reyerta de su madre con la señá Isabel no había vuelto a hablar con Elisa, ni la había visto sino de lejos; en cuanto divisaba su figura (y era pocas veces porque se pasaba el día entero en la mar), se alejaba corriendo o se mezclaba en un grupo para no tropezar con ella, o buscaba asilo en la taberna inmediata. Al principio esto fue por vergüenza y miedo: temía que Elisa estuviese ofendida y no le quisiera saludar. Más adelante[91.2] la maledicencia, que en tales casos nunca deja de andar suelta,[91.3] trajo a sus oídos la noticia de que la joven estaba ya inclinada a despreciarle, que su madre había logrado persuadirla a ello, y que pronto se casaría con un piloto de Sarrió. Entonces por dignidad evitó cuidadosamente su encuentro. Los contratiempos que después padeció ayudaron también mucho a alejarle de ella: pensaba, y no le faltaba razón, que un hombre arruinado y con tantas obligaciones como él tenía, no era partido para ninguna muchacha, y menos para una tan codiciada como la hija de la maestra.

Así estaban las cosas cuando un día en que por falta de viento no salieron a la mar, le propuso su madre ir a Peñascosa, distante de Rodillero poco más de media legua: tenía allí Teresa una hermana que le había ofrecido patatas de su huerta y algunas otras legumbres, que en el estado de pobreza en que se hallaban, eran un socorro muy aceptable. Decidieron ir por la tarde y tornar al oscurecer, para que José no pasase en medio del día, cargado, por el pueblo. Aunque había camino real para ir a Peñascosa, la gente de este pueblo y la de Rodillero acostumbraba servirse, cuando no llevaban carro o caballería, de una trocha abierta a orillas de la mar; ésta fue la que siguieron madre e hijo cuando ya el sol declinaba.

Era un día trasparente y frío del mes de Febrero; el mar ofrecía un color azul oscuro. Como la vereda no consentía que fuesen pareados,[92.1] la madre caminaba delante y el hijo la seguía: marchaban silenciosos y tristes: hacía tiempo que la alegría había huido de sus corazones. Cuando se hallaban a medio camino próximamente, en un paraje en que la trocha dejaba las peñas de la costa y entraba por un vasto y alegre campo, vieron a lo lejos otras dos personas que hacia ellos venían. Teresa no fijó la atención en ellas; pero José, por su costumbre de explorar largas distancias, no tardó en descubrir que aquellas dos personas eran la señá Isabel y su hija: diole un salto el corazón, pensando en que era forzoso tropezarse. ¡Qué iba a pasar allí! No se atrevió a decir nada a su madre y la dejó caminar distraída, con los ojos bajos; mas al fin ésta levantó la cabeza, y fijándose en las dos figuras lejanas, se volvió hacia él preguntando: