—Oyes, José, ¿aquellas dos mujeres no te parece que son la señá Isabel y Elisa?

—Creo que sí—respondió el marinero sordamente.

—¡Ah!—exclamó Teresa con feroz regocijo, y apretó un poco el paso sin pronunciar palabra, temiendo, sin duda, que el hijo tratase de estorbar el proyecto que había nacido súbitamente en su imaginación.

José la siguió con el corazón angustiado, sin osar decirle nada. No obstante, después que hubieron caminado algunos pasos, pudo más el temor de una escena violenta y escandalosa que el respeto filial, y se aventuró a decir severamente:

—Madre, haga el favor, por Dios, de no comprometerse ni comprometerme.

Pero Teresa siguió caminando sin contestarle, como si quisiera evitar razonamientos.

Un poco más allá, tornó a decirle aún con más severidad:

—¡Mire bien lo que va a hacer, madre!

El mismo silencio por parte de Teresa. En esto[93.1] se habían acercado ya bastante los que iban y los que venían de Peñascosa. Cuando estuvieron a un tiro de piedra, próximamente, la señá Isabel detuvo el paso y vaciló un instante entre seguir o retroceder, porque había advertido la resolución nada pacífica con que Teresa caminaba hacia ella. Por fin, adoptó el término medio de estarse quieta. Teresa avanzó rápidamente hacia ella; pero al hallarse a una distancia de veinte o treinta pasos, se detuvo también, y poniendo los brazos en jarras, comenzó a preguntar a su enemiga en el tono sarcástico que la ira le hacía siempre adoptar:

—¡Hola, señora!... ¿Cómo está V., señora?... ¿Está V. buena?... ¿El esposo bueno también?... Hacía tiempo que no tenía el gusto de verla...