—Bueno es vivir prevenidos. Ten cuidado, no te sorprenda.
—¡Desgraciada de mí entonces! Más me valiera no haber nacido—repuso la joven con acento de terror.
Ambos volvieron a quedar silenciosos. Elisa, cabizbaja y distraída, jugaba con las hierbas del suelo. José alargó la mano tímidamente, y, simulando también jugar con el césped, consiguió rozar suavemente los dedos de su novia. La lluvia, que comenzaba a arreciar, batía las hojas del pomar con redoble[101.2] triste y monótono; la huerta exhalaba ya un olor penetrante de tierra mojada.
—¿Pensáis salir mañana a la mar?—preguntó Elisa al cabo de un rato, levantando sus hermosos ojos rasgados hacia el marinero.
—Me parece que no—repuso éste.—¿Para qué?—añadió con amargura.—Hace ocho días que no traemos valor de cinco duros.
—Ya lo sé, ya lo sé; este año no hay merluza en la mar.
—¡Este año no ha habido nada!—exclamó José con rabia.
Otra vez quedaron silenciosos. Elisa seguía jugando con las hierbecitas del suelo. El marinero le había aprisionado un dedo entre los suyos y lo estrechaba suavemente, sin osar apoderarse de la mano. Al cabo de un rato, Elisa, sin levantar la cabeza, comenzó a decir, en voz baja y temblorosa:
—Yo creo, José, que la causa de todo lo que nos está pasando, es la maldición que te ha echado la sacristana. ¿Por qué no vas a pedirla que te la levante?... Desde que esa mujer te maldijo no te ha salido nada bien.
—Y antes tampoco[102.1]—apuntó José con sonrisa melancólica.