—Otros muchos lo han hecho antes que tú—siguió diciendo la joven, sin hacer caso de la observación de su amante.—Mira, Pedro el de la Matiella, ya sabes cómo estaba, flaco y amarillo que daba lástima verlo[102.2]... todo el mundo pensaba que se moría. En cuanto pidió perdón a la sacristana, empezó a ponerse bueno y ya ves hoy cómo está.
—No creas esas brujerías, Elisa—dijo el marinero, con una inflexión de voz en que se adivinaba que él andaba muy cerca de creerlas también.
Elisa, sin contestar, se agarró fuertemente a su brazo con un movimiento de terror.
—¿No has oído?
—¿Qué?
—¿Ahí entre las zarzas?
—No he oído nada.
—Se me figuró escuchar la respiración de una persona.
Ambos quedaron un momento inmóviles con el oído atento.
—¡Qué miedosa eres, Elisa!—dijo riendo el marinero.—Es el ruido de la lluvia al pasar entre las hojas hasta el suelo.