—¡Me parecía!...—repuso la joven sin quitar los ojos de la maleza donde estaba oculto el Sr. de Meira, y aflojando poco a poco el brazo de su novio.
Mientras tanto, aquél sudaba copiosamente temiendo que José viniese a explorar las zarzas. Afortunadamente, no fue así: Elisa se tranquilizó pronto, y viendo a su amante triste y cabizbajo, cambió de conversación con ánimo de alegrarle.
—¿Cuándo comenzaréis a salir al bonito?... Tengo ya deseos de que empiece la costera... Me da el corazón[103.1] que va a ser muy buena...
—Allá veremos—repuso José moviendo la cabeza en señal de duda.—Creo que saldremos dentro de quince o veinte días... ¿Qué vamos a hacer si no?...
—Comienza el buen tiempo... y vendrán en seguida las romerías... ¡Qué gusto!... La de la Luz[103.2] es ya de mañana en un mes—dijo Elisa esforzándose por aparecer alegre.
—¡Qué importa que comiencen las romerías si yo no puedo acompañarte en ellas!—exclamó el marinero con acento dolorido.
—No te dejes acobardar, José, que todo se arreglará... Hay que tener confianza en Dios... Yo todos los días le pido al Santo Cristo que te dé buena suerte, y que le toque en el corazón a mi madre.
—Es difícil, Elisa... es muy difícil... Si no me ha querido cuando tenía algunos cuartos, ¿cómo me ha de querer hoy que soy un pobrete, y tengo sobre los hombros tanta familia?
Elisa comprendió la justicia de esta observación; pero repuso con la tenacidad sublime que el amor comunica a las mujeres:
—No importa... yo creo que se ablandará. Tengamos confianza en el Santo Cristo de Rodillero, que otros milagros mayores ha sabido obrar...