La lluvia arreciaba con ímpetu; de tal suerte, que ya el árbol no bastaba a proteger a los amantes: las hojas se doblaban al peso del agua, y la dejaban caer en abundancia sobre sus cabezas. Pero ellos ni lo advertían siquiera, embargados enteramente por el deleite de hallarse juntos; las manos enlazadas, los ojos en extática contemplación.

Elisa logró al cabo ahuyentar la melancolía de su novio; su plática tomó un sesgo[104.1] risueño; hablaron de los incidentes ocurridos en pasadas romerías, y rieron de buena gana recordándolos.

—¿Te acuerdas cuando Nicolás nos convidó en la romería de San Pedro?... Tú me dijiste por lo bajo:[104.2]—«Hay que beberle todo el vino que saque...»

—Porque en seguida vi que el gran tacaño[104.3] lo que quería era echársela de rumboso[104.4] a poca costa.

—¡Qué trabajo me costó echar todo el vaso al cuerpo![104.5] Tú te lo bebiste en un decir Jesús[104.6]... y anda que Ramona tampoco se portó mal del todo.[104.7]

—Pero, cuando vio que Bernardo se lo iba a tragar entero también, ¿qué de prisa le echó mano,[104.8] verdad?

—¡Como que ya no podía resistir más el pobre!—dijo Elisa rompiendo a reír.—Lo mejor de todo fue lo que decía para disculpar la porquería... «¡Ésa es una broma!... ¡yo no quiero bromas!...» Cuando se me representa la cara que ponía el infeliz al vernos apurar el vaso, me río como una loca, aunque esté sola...

Ambos reían en efecto, procurando no hacer ruido.

—Por cierto—siguió Elisa, fingiendo seriedad,—que tú más tarde te pusiste un poco alegre, y le diste un beso a mi prima Ramona.

—No me acuerdo.