—Sí; no te acuerdas de lo que no quieres.
—De todos modos, estando borracho, no sabe uno lo que hace.
—No se te ocurriría, sin embargo, echarte al agua.
—¡Claro!
—Pero se te ocurre besar a las muchachas.
—No estando borracho, jamás—afirmó resueltamente José.
—¡Madre mía, si en la hora de la muerte me pusieran a la cabecera tantos angelitos como besos habrás dado!
—Te irías sola para el cielo—repuso el marinero riendo.
La plática se trocaba en alegre disputa: los amantes se embriagaban con aquella charla sencilla hallando tan chistoso lo que mutuamente se decían, que no cesaban de soltar carcajadas, cuyo ruido apagaban llevando la mano a la boca. La noche, oscura y lluviosa, era para ellos plácida y grata como pocas.
Pero Elisa creyó percibir otra vez la respiración que antes la asustara.[105.1] Se quedó algunos instantes distraída; y no queriendo decir nada a José porque no la llamase otra vez medrosa, optó por separarse.