—Ya debe de ser muy tarde, José—dijo levantándose.—Mañana tengo que madrugar... además, nos estamos poniendo como una sopa.[106.1]
El marinero se levantó también, aunque no de buen grado.
—¡Qué bien se pasa el tiempo a tu lado, Elisa!—dijo tímidamente.
La joven sonrió con dulzura oyendo aquella declaración que el marinero no había osado pronunciar hasta entonces, y un poco ruborizada le tendió la mano.
—Hasta mañana, José.
José tomó aquella mano, la estrechó tierna y largamente, y contestó con melancolía:
—Hasta mañana.
Pero no acababa de soltarla: fue necesario que Elisa dijese otra vez:
—Hasta mañana, José.
Tiró de ella con fuerza, y se alejó rápidamente en dirección a la casa. El marinero no se movió, hasta que calculó que estaba ya dentro: luego escaló cautelosamente la cerca, montó sobre ella, y desapareció por el otro lado.