Algunos instantes después, salía de su escondite el Sr. de Meira mojado hasta los huesos.

—¡Pobres muchachos!—exclamó sin acordarse de su propia miseria y trepando con trabajo por el pomar. Y una vez en la calle, enderezó los pasos hacia su mansión feudal acariciando en la mente un noble, cuanto singular proyecto. [106.2]

XI

Pocos días después, D. Fernando de Meira se personó en casa de José, muy temprano, cuando éste aun no había salido a la mar.

—José, necesito hablar contigo a solas; ven a dar una vuelta[107.1] conmigo.

El marinero pensó que llegaba en demanda de socorro, aunque hasta entonces jamás se lo había pedido directamente: cuando el hambre más le apuraba, solía llegarse a él, diciéndole:

—José, a Sinforosa se le ha concluido el pan, y no quisiera tomárselo a la otra panadera... Si me hicieses el favor de prestarme una hogaza...

Mas para que a esto llegase, era necesario que el caballero estuviese muy apurado; de otra suerte, ni directa ni indirectamente se humillaba a pedir nada. No obstante, José lo pensó así, porque no era fácil pensar otra cosa, y tomando el puñado de cuartos que tenía y metiéndolos en el bolsillo, se echó a la calle[107.2] en compañía del anciano.

Guiole D. Fernando fuera del pueblo, y cuando estuvieron a alguna distancia, cerca ya de la gran playa de arena, rompió el silencio diciendo:

—Vamos a ver, José, tú debes de andar algo apuradico de dinero, ¿verdad?[107.3]