José pensó que se confirmaba lo que había imaginado; pero le sorprendió un poco el tono de protección con que el hidalgo le hacía aquella pregunta.
—Phs... así así,[108.1] D. Fernando. No estoy muy sobrado... pero en fin, mientras uno es joven y puede trabajar, no suele faltar un pedazo de pan.
—Un pedazo de pan es poco... No sólo de pan vive el hombre[108.2]—manifestó el señor de Meira sentenciosamente; y después de caminar algunos instantes en silencio, se detuvo repentinamente, y encarándose con el marinero le preguntó:
—¿Tú te casarías de buena gana con Elisa, verdad? José quedó sorprendido y confuso.
—¿Yo?... Con Elisa no tengo nada ya[108.3]... Todo el mundo lo sabe...
—Pues sabe una gran mentira, porque estás en amores con Elisa;[108.4] me consta—afirmó el caballero resueltamente.
José le miró asustado, y empezaba a balbucir ya otra negación cuando D. Fernando le atajó diciendo:
—No te molestes en negarlo, y dime con franqueza si te casarías gustoso.
—¡Ya lo creo!—murmuró entonces el marinero bajando la cabeza.
—Pues te casarás—dijo el Sr. de Meira ahuecando la voz todo lo posible y extendiendo las dos manos hacia adelante.