José levantó la cabeza vivamente y le miró, pensando que se había vuelto loco; después, bajándola de nuevo, dijo:
—Eso es imposible, D. Fernando... No pensemos en ello.
—Para la casa de Meira no hay nada imposible—respondió el caballero con mucha mayor solemnidad. [108.5]
José sacudió la cabeza, atreviéndose a dudar del poderío de aquella ilustre casa.
—Nada hay imposible—volvió a decir D. Fernando lanzándole una mirada altiva, propia de un guerrero de la reconquista.[109.1]
José sonrió con disimulo.
—Atiende un poco—siguió el caballero:—en el siglo pasado, un abuelo mío, don Álvaro de Meira, era corregidor[109.2] de Oviedo. Había allí una casa perteneciente al clero que estorbaba mucho en la vía pública, y el corregidor se propuso echarla abajo. Tropezó en seguida con la oposición del Obispo y cabildo catedral, los cuales le manifestaron que de ningún modo lo intentase, so pena de excomunión; pero el corregidor, sin hacer caso de amenazas, cierto día manda a ella una cuadrilla de albañiles y comienzan a derribarla. Dan parte del hecho al Obispo, alborótase su ilustrísima,[109.3] convoca al cabildo y deciden ir revestidos a excomulgar a todo el que se atreva a tocar en ella; pero mi bisabuelo lo supo, ¿y qué hace entonces? Va y manda a allá[109.4] al verdugo a leer un pregón en que se impone la pena de cien azotes a todo albañil que se baje del tejado... ¡Ni uno solo se bajó, muchacho!... Y la casa vino al suelo.
D. Fernando, con un movimiento enérgico de la mano, derribó de golpe el edificio clerical; mas José pareció enteramente insensible a esta proeza de los Meiras: seguía cabizbajo y triste, considerando tal vez que era lástima que tal poder de infligir azotes no quedase anejo a todos los señores de Meira, en cuyo caso no sería imposible que pidiese unos cuantos para la señá Isabel.
—Cuando a un Meira se le mete algo entre ceja y ceja[110.1]—siguió el hidalgo,—¡hay que temblar!... Toma—añadió sacando del bolsillo un paquetito y ofreciéndoselo:—Ahí tienes diez mil reales: cómprate una lancha, y deja lo demás de mi cuenta.[110.2]
El marinero quedó pasmado, y no se atrevió a alargar la mano pensando que aquello era una locura del Sr. de Meira, a quien ya muchos no suponían en su cabal juicio.