—¡Qué he de ser buena![126.2]—prorrumpió Teresa con gran vehemencia.—Soy una loca rematada... La buena eres tú, mi palomita... ¿Estás bien?... ¿Te he hecho mucho daño?... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!
—Fui a casa de la sacristana a pedirla que le levantase la maldición...
Teresa al oír esto comenzó otra vez a mesarse el cabello.
—¡Si soy una bestia![126.3] ¡Si soy una loca! Razón tienen en decir que debiera estar atada... ¡Pegar a esta criatura por hacerme un beneficio!
Fue necesario que Elisa la consolase, y sólo después de afirmar repetidas veces que no la había hecho daño, que ya le había pasado el susto y que la perdonaba y la quería, logró calmarla.
En esto ya la joven se había levantado del suelo: Teresa le sacudió la ropa cuidadosamente, le enjugó las lágrimas con su delantal, y abrazándola y besándola con efusión gran número de veces, la fue acompañando por la calzada de la iglesia, llevándola abrazada por la cintura, hasta que dieron en el pueblo.[127.1] Por el camino hablaron de José (¿de qué otra cosa podían hablar de más gusto para las dos?); Elisa manifestó a Teresa que o se casaría con su hijo o con ninguno; ésta se mostró altamente satisfecha y lisonjeada de este cariño; se hicieron mutuas confidencias y revelaciones; se prometieron trabajar con alma y vida para que aquella unión se realizase, y, por último, al llegar al pueblo, se despidieron muy cariñosamente. Teresa, todavía avergonzada de lo que había hecho, preguntó a la joven antes de separarse:
—¿No es verdad, Elisina, que me perdonas de corazón?
—¡Bah!—repuso ésta con sonrisa dulce y graciosa.—Si V. me ha pegado, es porque puede hacerlo... ¿No soy ya su hija?
Teresa la abrazó de nuevo, llorando.