Al llegar a uno de ellos, saliole inopinadamente al encuentro Teresa. Como a pesar del desabrimiento[124.1] de las dos familias nunca le había demostrado la madre de José antipatía, Elisa sonrió para saludarla: pero Teresa acercándose, contestó al saludo con una terrible bofetada.
Al verse maltratada tan inesperadamente, la pobre Elisa quedó sobrecogida, y en vez de defenderse, se llevó las manos a los ojos y rompió a sollozar con gran sentimiento.
Teresa, después de este acto de barbarie, quedó a su vez suspensa y descontenta de sí misma: la actitud humilde y resignada de Elisa la sorprendió. Y para cohonestar su acción indigna, o por ventura, para aturdirse y escapar al remordimiento, comenzó a vociferar como tenía por costumbre injuriando a su víctima.
—¡Anda, pícara, ves[125.1] a reunirte otra vez con la sacristana! ¿Estás aprendiendo para bruja?[125.2] Yo te regalaré el palo de la escoba. ¡Vaya, vaya, con la mosquita muerta! ¡Y cómo saca los pies de las alforjas![125.3] ¡Yo pensé que no necesitabas salir fuera de casa para aprender brujerías!
Tal efecto hicieron sobre la infeliz muchacha estos insultos injustificados después de los golpes, que no pudiendo resistir a la emoción, se dejó caer desmayada en el suelo. Esto acabó enteramente de desconcertar a la viuda; y por un impulso del corazón, muy natural en su carácter arrebatado, pasó repentinamente de la cólera a la compasión, y corriendo a sostener a Elisa en sus brazos, comenzó a decirla al oído:
—¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! ¡No hagas caso de mí, pichona![125.4]... ¿Te he hecho daño, verdad?... Soy una loca... ¡Pobrecilla mía! ¡Pegarte, siendo tan buena y tan hermosa!... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!...
Y viendo que Elisa no volvía en sí, comenzó a mesarse el cabello con desesperación.
—¡Bestia, bestia! ¡No hay mujer más bestia que yo! ¡Santo Cristo bendito, ayúdame y socorre a esta niña!... ¡Elisa, Elisina, vuelve en ti, por Dios, mi corazón!
Pero la joven no acababa de salir del síncope. Teresa giraba la vista en torno buscando agua para echarle a la cara. Al fin, no viéndola por ninguna parte y no atreviéndose a dejar sola a Elisa, tomó el partido de levantarla en sus robustos brazos y llevarla a cuestas[126.1] hasta una fuente que había algo más abajo. Cuando la hubo rociado las sienes con agua, recobró el conocimiento; la viuda se apresuró a besarla y pedirla perdón; pero aquellas vivas y extremadas caricias, en vez de tranquilizarla, estuvieron a punto de hacerla perder de nuevo el sentido; tanto la sorprendieron. Por fin, entre sollozos y lágrimas, pudo decir:
—Muchas gracias... Es V. muy buena...