Lo que tomaba muy en serio era la maldición de la sacristana; cada día más. En su alma candorosa, siempre había echado raíces la superstición: al ver ahora la constancia implacable con que la suerte se empeñaba en estorbar su felicidad, era natural que lo achacase a una potencia oculta y misteriosa, la cual, bien considerada, no podía ser otra que la malquerencia de aquella bruja. Para deshacer o contrarrestar su poder acudía a menudo en oración al camarín[122.1] del Santísimo Cristo de Rodillero, famosa imagen, encontrada en medio de la mar por unos pescadores hace algunos siglos.

Pero en vano fue que en poco tiempo le pusiese[122.2] más de una docena de cirios y le rezase más de un millón de padrenuestros; en vano, también, que se ofreciese a pasar un día entero en el camarín sin probar bocado,[122.3] y lo cumpliese: el Santísimo Cristo, o no la escuchaba o quería experimentar aún más su fortaleza. El negocio de sus amores iba cada día peor: pensando serenamente, podía decirse que estaba perdido: José cada vez más azotado por la desgracia; ella cada vez más sometida al yugo pesado de su madre, sin osar moverse sin su permiso ni replicarle palabra.

En tan triste situación, comenzó a acariciar la idea de desagraviar a la sacristana, y vencer de esta suerte el influjo desgraciado que pudiera tener en su vida. Lo primero que se le ocurrió fue que José le pidiese perdón, y repetidas veces se lo aconsejó con instancia; pero viendo que aquél se negaba resueltamente a ello, y conociendo su carácter tenaz y decidido, se determinó ella misma a humillarse.

Una tarde, a la hora de la siesta, dejando la casa sosegada, saliose sin ser vista y enderezó los pasos por el camino escarpado que conducía a la casa del sacristán, la cual estaba vecina de la iglesia y, una y otra, apartadas bastante del pueblo, sobre una meseta que formaba hacia la mitad la montaña. Como iba tan preocupada y confusa, no vio a la madre de José, que estaba cortando tojo para el horno, no muy lejos del camino. Ésta levantó la cabeza y se dijo con sorpresa:—¡Calle![123.1] ¿a dónde irá Elisa a estas horas?—Siguiola con la vista primero y, llena de curiosidad, echó a andar en pos de ella[123.2] para no perderla. Vio que se detenía a la puerta de la casa del sacristán, que llamaba y que entraba.

—¡Ah, grandísima pícara!—dijo con voz irritada.—¡Conque eres uña y carne de[123.3] la sacristana! ¡Ya me parecía a mí que con esa cara de mosquita muerta[123.4] no podías ser cosa buena!... ¡Yo te arreglaré, buena pieza;[123.5] yo te arreglaré!

Sólo porque Elisa entraba en casa de la sacristana, ya era uña y carne de ella. Esta falta de lógica, siempre había sido característica de Teresa: la cólera ofuscaba enteramente el escaso juicio que Dios la había dado. Aparentaba despreciar la maldición de la sacristana, y su orgullo salvaje la impulsaba a desatarse en insultos siempre que de ésta se hablaba; pero en realidad, no había en Rodillero quien creyese más a pie juntillas[123.6] en tales hechicerías.

Salió Eugenia a recibir a la joven, y se quedó grandemente sorprendida de su visita; pero al saber el objeto de ella, mostrose muy satisfecha y triunfante. Elisa se lo explicó ruborizada y balbuciendo. La sacristana, hinchándose hasta un grado indecible, se negó a otorgar su perdón mientras la misma Teresa y José no viniesen a pedírselo. En vano fue que Elisa se lo suplicase con lágrimas en los ojos; en vano que se arrojase a sus pies y con las manos cruzadas le pidiese misericordia; nada pudo conseguir. La sacristana, gozándose en aquella humillación y casi creyendo en el poder sobrenatural que los sencillos pescadores le daban, repetía siempre en actitud soberbia:

—No hay perdón, mientras la misma Teresa no venga a pedírmelo de rodillas... así como tú estás ahora.

Elisa se retiró con el alma acongojada: bien comprendía que era de todo punto imposible decidir a la madre de su novio a dar este paso; y viendo que la sacristana se negaba a levantarla, creyó aún con más firmeza en la virtud de su maldición.

Caminaba con paso vacilante, los ojos en el suelo, meditando en la desgracia que había acompañado siempre a sus amores: sin duda, Dios no los quería, a juzgar por los obstáculos que sobre ellos había amontonado en poco tiempo. El camino por donde bajaba era revuelto y pendiente; de trecho en trecho tenía algunos espacios llanos a manera de descansos.