Por dos o tres veces[121.2] la había preguntado, rompiendo súbitamente el hilo de sus discreteos[121.3] clásicos:
—¿Cuántos años tienes?
—Veinte.
La última vez le dijo:
—¿Tienes tu fe de bautismo?[121.4]
—Me parece que sí, señor.
—Pues tráemela mañana. ¡Pero cuidado que nadie sepa nada! Yo he resuelto que tú y José os caséis a la mayor brevedad.[121.5]
Al escuchar estas palabras volvió a aparecer en los labios de Elisa aquella sonrisa benévola y compasiva de que hemos hecho mención, y al separarse del caballero, después de un rato de plática, no pudo menos de murmurar:
—¡Pobre D. Fernando; qué rematado está!
Sin embargo, por consejo de José, que algo, aunque no mucho, fiaba en el poder de la casa de Meira, le llevó al día siguiente el documento. Nada se perdía en ello y se complacía al buen señor. La joven, que no tenía motivo alguno para fiar en aquel poder, como su novio, tomó el asunto en chanza.