—D. Fernando... V., por lo que veo, no está muy sobrado de dinero... Yo le agradezco mucho lo que quiere hacer por mí, pero no debo tomar esos cuartos haciéndole falta[118.1]...
D. Fernando, con ademán descompuesto[118.2] y soltando chispas de indignación por los ojos, le interrumpió gritando:
—¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que te hice el honor de confesarte mi ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua...
José comprendió que no había más remedio que guardarlo otra vez; y así lo hizo después de pedirle perdón por el supuesto insulto. Formó intención, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y devolvérselo en la primera ocasión favorable.
Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.
XII
Guardó el secreto de todo aquello José: así se lo había pedido con instancia D. Fernando. Volvió éste a prometerle que se casaría con Elisa si ejecutaba punto por punto cuanto le ordenase, y le hizo creer que del sigilo con que se llevase el asunto pendía enteramente el suceso de él.
Mediante la cantidad de seis reales cada día, halló el buen caballero hospedaje, si no adecuado a la antigüedad y nobleza de su estirpe, suficiente para no perder la vida de hambre, como no había estado lejos de acontecer, según sabemos. Y ¡caso raro! desde que se vio con algunos cuartos en el bolsillo, subió todavía algunos palmos[119.1] su orgullo nobiliario: andaba por el pueblo con la cabeza erguida, el paso sosegado y firme, echando a los vecinos miradas muy más propias del Renacimiento[119.2] que de nuestros días, saludando a las jóvenes con una sonrisa galante y protectora, como si aun ejerciese sobre ellas el ominoso derecho de pernada.
Donde quiera que la ocasión se ofrecía, brindaba a sus vasallos con alguna copa de vino, y a las vasallas con golosinas de la confitería. Pero hay que declarar a fuer de verídicos[119.3] que los villanos y las villanas de Rodillero no aceptaban los favores de D. Fernando con aquel respeto y sumisión con que sus mayores en otros tiempos recibían los desperdicios[120.1] feudales de la gran casa de Meira; antes parecía que al beber el vino y al tomar los confites lo hacían por pura condescendencia, por no herir la delicada susceptibilidad del hidalgo: y aun se advertía en todos ellos una cierta sonrisa de compasión, que a poderla ver, hubiera hecho estremecerse en sus tumbas a todos los hijos de aquella ilustre casa, al comendador de Villaplana, al procurador de las Cortes de Toro, al presidente del Consejo de Italia, etc., etc. Y por si[120.2] esta sonrisa de compasión no fuese bastante para ajar el prestigio de su linaje, los comentarios que se hacían a espaldas del caballero eran mucho más humillantes todavía:—«Este pobre Don Fernando se figura que catorce mil reales no se concluyen nunca.—¡Cuánto mejor sería que con ese dinero pusiese una tiendecita y le sacase un rédito![120.3]—Nada;[120.4] se lo va a gastar en cuatro días,[120.5] y luego vamos a tener que mantenerlo de limosna.»
Elisa, una de las feudatarias más hermosas que el señor de Meira tenía en Rodillero, era asimismo una de las más rebeldes. En vano el noble señor se esforzaba en brindarla protección siempre que la hallaba al paso;[120.6] en vano la ofreció repetidas veces un cartuchito[120.7] de almendras traídas exprofeso de Sarrió; en vano desenvolvía con ella todos los recursos de la más refinada galantería que recordaba los buenos tiempos de la casa de Austria.[120.8] La linda zagala acogía aquellos homenajes con sonrisa dulce y benévola, donde no se advertía ni rastro de admiración o temor; y algunas veces, cuando los acatamientos ceremoniosos y las frases melífluas subían de punto,[121.1] hasta se vislumbraba detrás de sus ojos tristes y suaves cierta leve expresión de burla. La verdad es que la naturaleza no había secundado poco ni mucho las disposiciones feudales de D. Fernando; al verle con su cuerpecillo contrahecho delante de la figura elevada y gentil de Elisa, la imaginación más poderosa y amiga de forjarse quimeras no podría seguramente representarse al señor del castillo delante de una tímida villana.