El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.

—La gran casa de Meira muere conmigo... pero, no morirá deshonrada, José; ¡te lo juro!

Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida luz[117.1] en el agua.

Al cabo de un largo espacio, D. Fernando salió de su meditación, y volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:

—Vamos allá[117.2]... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por éste...

Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después, D. Fernando la dio un fuerte empujón: el escudo de la casa de Meira rompió el haz del agua con estrépito, y se hundió en sus senos oscuros. Las gotas amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.

Quedose algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido; levantándose después, dijo sordamente:

—Boga para tierra, José.

Y fue a sentarse de nuevo a la popa.

El marinero comenzó a mover los remos sin decir palabra. Aunque no comprendía el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los demás vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar sentía profunda lástima y no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el propósito de devolverle el dinero, no se apartaba de su cabeza, porque veía claramente que tal favor en las circunstancias en que se hallaba D. Fernando, era una verdadera locura: le bullía el deseo de acometer el asunto, pero no sabía de qué manera comenzar: tres o cuatro veces tuvo la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retiró por no parecerle adecuada. Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no halló traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del bolsillo y presentárselos al caballero diciendo algo avergonzado: