Esta comisión fue de mucho mayor empeño[129.4] y dificultad para el marinero. Elisa no podía decidirse a dar un paso tan atrevido. No el temor de cometer un pecado y faltar a sus deberes filiales la embarazaba, pues por el cura que la confesaba sabía que siendo la oposición de los padres irracional o fundada únicamente sobre motivos de intereses, estaba en su derecho faltando a la obediencia: pero siempre había vivido tan supeditada a su madre, tenía tantísimo miedo a su cólera fría y cruel, que la idea de aparecer en plena rebelión ante ella, la aterraba. Fue necesario que pasasen muchos días, que José la suplicase infinitas veces hasta con lágrimas en los ojos, y que ella se persuadiese a que no había absolutamente otro recurso ni otro medio de salir de aquella angustiosa situación y alcanzar lo que tan ardientemente deseaba, para que al fin viniese a consentir en ello.

Noticioso el Sr. de Meira de esta concesión, dijo a José en el tono imperativo propio de su rango:

—Esta tarde ven a buscarme; tenemos que hacer juntos.

José inclinó la cabeza en testimonio de sumisión.

—¿Te encuentras resuelto a todo?

La misma señal de respeto.

—Perfectamente: no desmereces del alto concepto que de ti había formado. En los asuntos arduos es menester que se aúnen la diplomacia y el valor...; entiéndelo bien. Tal ha sido lo que caracterizó siempre a mi familia: prudencia y decisión. El adelantado D. Alonso de Revollar, un ascendiente mío por la línea femenina, pasó en su época, y durante la guerra de América,[130.1] por un consumado diplomático, y sin embargo, esto no dañaba poco ni mucho a su valor, que en ocasiones rayó en temeridad...

—¿Ya a qué hora quiere que vaya a buscarle?—preguntó José temiendo con razón que el caballero se descarriase,[130.2] como solía acontecer.

—Después de comer... a la una.

—Pues con su permiso, D. Fernando... tengo que componer una red...