—Bien, bien, hasta la vista.

A la hora indicada fue el marinero a la posada del Sr. de Meira: al poco rato salieron juntos y enderezaron los pasos por la calle abajo en dirección de la ribera. Antes de llegar a ella, D. Fernando se detuvo delante de una casa algo más decente que las contiguas.

—Alto; vamos a entrar aquí.

—¿En casa de D. Cipriano?

—En casa de D. Cipriano.

El Sr. de Meira llamó a la puerta y preguntó si se podía ver al señor juez municipal. La vieja que les salió a abrir, hermana de éste, les dijo que estaba durmiendo la siesta. D. Fernando insistió: era un negocio urgente. La vieja, mal humorada y gruñendo, porque estaba lejos de reconocer en el señor de Meira derechos señoriales, se fue al cabo a despertar a su hermano.

D. Cipriano, a quien ya tenemos el honor de conocer por haberle visto en la tienda de la maestra, los recibió afablemente, aunque mostrando sorpresa.

—¿Qué hay de nuevo, D. Fernando?

Éste sacó del bolsillo de su raidísima levita un papel, lo desdobló con lentitud académica y lo presentó gravemente al juez.

—¿Qué es esto?