—Una solicitud[131.1] de Dª. Elisa Vega pidiendo que se la saque del poder de su madre y se la deposite con arreglo a la ley, para contraer matrimonio.

D. Cipriano dio un salto atrás.

—¿Cómo... Elisita... la hija de la maestra?

D. Fernando inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

El juez municipal se apresuró a coger las gafas de plata que tenía sobre la mesa y a ponérselas, para leer el documento.

La lectura fue larga, porque D. Cipriano, en achaque de letras,[132.1] se había andado toda su vida con pies de plomo. Mientras duró, José tenía los ojos clavados ansiosamente en él. El señor de Meira se acariciaba distraídamente su luenga perilla blanca.

—¡No sospechaba esto!—exclamó el juez levantando al fin la cabeza.—Y a la verdad no puedo menos de[132.2] confesar que lo siento... porque al cabo[132.3] la maestra y su marido son amigos... y van a llevar un disgusto grande... ¿Ha escrito V. esta solicitud, D. Fernando?

—¿Está en regla, señor juez?—respondió éste gravemente.

—Sí, señor.

—Pues basta; no hay necesidad de más.