D. Cipriano se puso pálido; después rojo. No había hombre de más extraña susceptibilidad en todo el mundo: una mirada le hería; una palabra le ponía fuera de sí:[132.4] pensó que D. Fernando había querido darle una lección de delicadeza y se inmutó notablemente.
—Sr. D. Fernando... yo no pretendía... esas palabras... me parece...
—No ha sido mi ánimo ofender a V., señor juez. Quería solamente hacer constar mis derechos a callarme delante del funcionario... Por lo demás, V. es mi amigo hace tiempo y he tenido siempre un gran placer en tenderle mi mano. Basta que V. haya pertenecido a los ejércitos de su majestad, para que sea acreedor a la más alta consideración por parte de todos los hombres bien nacidos.
El tono y la actitud con que D. Fernando pronunció estas palabras debía semejar mucho al que usaban en tiempos remotos los nobles al dirigirse a algún miembro del estado llano, cuando éste entró a deliberar con ellos en los negocios del gobierno. Pero D. Cipriano, que no estaba al tanto de[133.1] estos ademanes puramente históricos, en vez de ofenderse más, se tranquilizó repentinamente.
—Gracias, D. Fernando..., muchas gracias. Como yo aprecio tanto a esa familia...
—Yo la aprecio también. Pero vamos al caso: Elisa se quiere casar con este muchacho; su madre se lo impide sin razón alguna... porque es pobre, tal vez... o tal vez (esto no lo afirmo, lo doy como hipótesis) por no entregar la herencia del difunto Vega, con la cual comercia y se lucra. No hay otro medio que acudir pidiendo protección a la ley; y la muchacha ha acudido.
—Está muy bien. Ahora lo que procede,[133.2] es que yo vaya a preguntar a la chica si se ratifica en[133.3] lo que aquí demanda. En caso afirmativo, procederemos al depósito.
—¿Y cuándo?
—Hoy mismo... Esta misma tarde, si VV. quieren.
—Por la tarde, señor juez—apuntó José,—se va a enterar todo el pueblo y habrá un escándalo... Si V. quisiera dejarlo para después que oscurezca...