—Como quieras; a mí me es igual. Pero te advierto que es necesaria la presencia del secretario, y está hoy en Peñascosa.

—D. Telesforo estará aquí entre luz y luz[134.1]—dijo el señor de Meira.

—Entonces no tengo nada que objetar. Al oscurecer les espero a VV.

—Ahora, D. Cipriano—dijo el señor de Meira, inclinándose gravemente,—yo espero que nada se sabrá de lo que ha pasado aquí...

—¿Qué quiere V. decir con eso, D. Fernando?—preguntó el juez, poniéndose otra vez pálido.

D. Fernando sonrió con benevolencia.

—Nada que pueda ofender a V., señor juez... Usted es un hombre de honor y no necesita que le recomienden el secreto en los negocios que lo exigen. Quería decir únicamente que en este asunto necesitamos el mayor sigilo; que nadie sospeche nuestro propósito, ni se trasluzca absolutamente nada.

—Eso es otra cosa—repuso D. Cipriano sosegándose.

—Quedamos, pues, en que[134.2] después que anochezca nos espera V., ¿no es eso?

—Sí, señor.