—Hasta la vista, entonces.

El prócer alargó su mano al representante del tercer estamento.

—Adiós, D. Fernando: adiós, José.

Así que cerró la noche, una noche de Agosto calurosa y estrellada, D. Fernando, D. Telesforo (que había llegado oportunamente pocos momentos antes) y José, se dirigieron otra vez a casa del juez: subió D. Telesforo únicamente: aguardaron a la puerta el noble y el marinero: al poco rato salió D. Cipriano acompañado de cerca por su notable bastón[135.1] con puño de oro y borlas, y algo más lejos por el secretario del juzgado. Los cuatro, después de cambiar un saludo amical en tono de falsete, enderezaron los pasos silenciosamente por la calle arriba en dirección a la casa del maestro.

Las tabernas estaban, como siempre a tal hora, atestadas de gente: por sus puertas abiertas se escapaba la luz y rumor confuso y desagradable de voces y juramentos: nuestros amigos se alejaban de ellas cuanto podían para no ser notados. El pobre José iba temblando de miedo: él, tan sereno y tan bravo ante los golpes de mar, sentía encogérsele el corazón y doblársele las piernas al imaginar cómo se pondría la maestra viéndose burlada. Más de veinte veces estuvo para huir,[135.2] dejar que aquellos señores desempeñasen su tarea solos; pero siempre le detenía la idea de que Elisa iba a necesitar de su presencia para animarse. ¿Cómo estaría la pobrecilla en aquel momento? Al preguntarse esto José tomaba fuerzas y seguía caminando quedo en pos de los tres ancianos.

Cuando llegaron frente a la casa de la maestra, el juez se detuvo y les dijo bajando cuanto pudo la voz:

—Ahora voy a entrar yo solamente con D. Telesforo. Usted, D. Fernando, puede quedarse con José cerca de la puerta, por si hacen falta para dar valor a la chica.

Asintió el marinero de todo corazón, pues en aquel instante podía ahogársele con un cabello. D. Cipriano y D. Telesforo se apartaron de ellos; la luz de la tienda les iluminó por un momento: entraron. Un estremecimiento de susto y pavor sacudió fuertemente el cuerpo de José.

XIV

En la tienda de la maestra se habían congregado, como todas las noches a primera hora,[136.1] unos cuantos marineros y algunas mujerucas, que rendían parias a la riqueza y a la importancia de la señá Isabel: estaban además el cabo de mar y un maragato que traficaba con el escabeche. La tertulia se mantenía silenciosa y pendiente de los labios del venerable D. Claudio, el cual, sentado detrás del mostrador en un antiguo sillón de baqueta,[136.2] leía en alta voz a la luz del velón por[136.3] un libro manoseado y grasiento.