Era costumbre entre ellos solazarse en las noches de invierno con la lectura de alguna novela: las mujeres, particularmente, gozaban mucho siguiendo sus peripecias dolorosas. Porque era siempre una historia tristísima la que se narraba, y si no los tertulianos se aburrían: una esposa abandonada de su marido, que a fuerza de paciencia y dulzura consigue traerle de nuevo a sus brazos; las aventuras de un niño expósito, que al fin resulta hijo de un duque o cosa que lo valga;[136.4] los trabajos de dos enamorados a quienes la suerte persigue cruelmente muchos años. Había dos o tres docenas de estas novelas en Rodillero, que habían dado ya varias veces la vuelta al pueblo,[136.5] siempre con el mismo éxito lisonjero y con un poquito más de grasa cada día en sus folios: todas «concluían bien:» era requisito indispensable. D. Claudio, que era muy sensible a las desgracias narradas y solía llorar con[137.1] ellas, cuando estaba constipado[137.2] nunca dejaba de proponer que se leyese, con objeto de desahogar un poco la cabeza.

Titulábase la novela que ahora tenía entre las manos, Maclovia y Federico, o las minas del Tirol: era una relación conmovedora de las desdichas de dos amantes que, habiendo nacido en egregia cuna, por el rigor de sus padres se ven precisados a ganarse el sustento con las manos. Federico y Maclovia se casan en secreto: el padre de ésta, que es un príncipe de malísimas pulgas,[137.3] los persigue: huyen ellos, y Federico entra de bracero en una mina; su joven esposa le sigue con admirable valor; tienen un hijo; padecen mil dolores e injusticias: al fin el príncipe se ablanda y los redime de tanta desgracia, llevándolos en triunfo a su palacio. Las mujerucas, y hasta los hombres, estaban sumamente interesados y ansiaban saber en qué paraba.[137.4] De vez en cuando alguna de aquéllas exclamaba en tono lastimero:

—¡Ay, pobrecita mía; cuánto pasó![137.5]

La compasión era siempre para el elemento femenino de la obra.

La señá Isabel cosía como de costumbre detrás del mostrador al lado de su fiel esposo; no parecía muy apenada por las desgracias de los jóvenes amantes. Elisa también estaba sentada cosiendo; pero a menudo se levantaba de la silla con distintos pretextos, descubriendo cierta inquietud que desde luego[137.6] llamó la atención de la sagaz maestra.

—¡Pero muchacha, hoy tienes azogue![137.7]

No azogue, sino miedo y muy grande tenía la pobre. ¡Cuántas veces se arrepintió de haber cedido a los ruegos de José! Pensando en lo que iba a suceder aquella noche, sentía escalofríos; el corazón le bailaba dentro del pecho con tal celeridad, que se extrañaba de que los demás no lo advirtiesen. Había rezado ya a todos los santos del cielo y les había prometido mil sacrificios si la sacaban con bien[138.1] de aquel aprieto.—¡Dios mío—solía decirse,—que no vengan!—Y a cada instante dirigía miradas de terror a la puerta. La señá Isabel observó que unas veces estaba descolorida, y otras roja como una amapola.

—Oyes, Elisa; tú estás enferma...

—Sí, madre; me siento mal—repuso ella vislumbrando con alegría la idea de marcharse.

—Pues anda, vete a la cama... será principio de un constipado.