La joven no lo quiso ver mejor,[138.2] y soltando la obra que tenía en las manos, desapareció rápidamente por la puertecilla de la trastienda. Subió la escalera a saltos como si huyese de un peligro inminente; pero al llegar a la sala quedó petrificada oyendo en la tienda la voz de D. Cipriano.
En efecto, éste y D. Telesforo entraban en aquel instante.
—Buenas noches, señores.
—Buenas noches—contestaron todos.
La maestra quedó muy sorprendida, porque D. Telesforo hacía bastante tiempo que estaba reñido con ella y no frecuentaba la tienda. Después de un momento de silencio algo embarazoso, D. Cipriano preguntó con amabilidad:
—Ahora se ha ido a la cama: se siente un poco mal—repuso la señá Isabel.
—Pues necesito hablar con ella dos palabritas—replicó el juez apelando siempre[139.1] a los diminutivos.
La maestra se puso terriblemente pálida, porque adivinó la verdad.
—Bueno, la llamaré—dijo con voz opaca[139.2] levantándose de la silla.