—No es necesario que V. la moleste; yo subiré, si es que no se ha acostado.
—Subiremos cuando V. quiera...
El juez extendió la mano como para detenerla, diciendo:
—Permítame V., señora Isabel... El negocio que vamos a tratar es reservado[139.3]... El único que debe subir conmigo es D. Telesforo.
La maestra le clavó una mirada siniestra: D. Cipriano se puso un poco colorado.
—Yo lo siento mucho, señora, pero es necesario...
Y por no sufrir más tiempo los ojos de la vieja, se apresuró a subir a la casa,[139.4] seguido del secretario.
El venerable D. Claudio, prodigiosamente afectado con aquella escena, dejó caer al suelo a la desdichada Maclovia, y ya no se acordó de recogerla. Abría los ojos de tal modo, mirando a su mujer, que era un milagro del cielo el que no se le escapasen de las órbitas.[139.5] La maestra, inmóvil, clavada al suelo en el mismo sitio en que la había dejado D. Cipriano, no perdía de vista la puerta por donde éste había salido.
—Vamos—dijo al fin con ira concentrada, pasándose la mano por el rostro;—la niña está en el celo;[139.6] hay que casarla a escape.[139.7]
—¿Cómo casarla?—preguntó D. Claudio.