Su mujer le echó una mirada de desprecio, y volviéndose a los circunstantes que estaban pasmados sin saber lo que era aquello, añadió:

—¿Qué; no se han enterado VV. todavía?... Pues está bien claro; que ese perdido de la viuda necesita cuartos, y quiere llevarme a Elisa.

José oyó perfectamente estas palabras, y se estremeció como si le hubiesen pinchado. D. Fernando trató de sosegarlo, poniéndole una mano sobre el hombro; pero él mismo estaba muy lejos de hallarse tranquilo; por más que se atusase[140.1] gravemente su luenga perilla blanca hasta arrancársela, la procesión le andaba por dentro.[140.2]

—Yo creía—dijo uno de los tertulios—que eso había concluido hacía ya mucho tiempo.

—En la apariencia sí—contestó la maestra;—pero ya ven VV. cómo se las ha arreglado[140.3] ese borrachín para engatusarla otra vez.

—Pero ese es un acto de rebelión por parte de Elisa, que merece un castigo ejemplar—saltó D. Claudio.—Yo la encerraría en la bodega y la tendría quince días a pan y agua.

—Y yo te encerraría a ti en la cuadra por borrico—dijo la señá Isabel, descargando sobre su consorte el fardo de cólera que la abrumaba.

—¡Mujer!... esa severidad... ¿a qué conduce?... Me parece que te ha cegado la pasión en este momento.

El rostro del maestro, al proferir estas palabras, reflejaba la indignación y el miedo a un mismo tiempo, y guardaba, aunque no esté bien el decirlo, más semejanza que nunca con el de un perro dogo.

Su esposa, sin hacerle caso alguno, siguió hablando con aparente calma.