—¡Vaya, ya se le contentó el antojo a la viuda!... Hay que alegrarse, porque si no, el día menos pensado se queda en un patatús.[141.1]
—¡Pero quién había de decir que una chica tan buena como Elisa!...—exclamó una de las mujerucas.
—A la pobre le han llenado la cabeza de viento—dijo la maestra.—Se figura que hay en casa torres y montones y que todos son de ella... ¡No se van a llevar mal chasco ella y su galán![141.2]
—Señora Isabel—dijo el juez, que bajaba en aquel momento,—Elisa ha solicitado el depósito para casarse y acaba de ratificarse en su petición... No me queda más remedio que decretarlo... Siento en el alma darle este disgusto... pero la ley... yo no puedo menos...
La maestra, después de mirarle fijamente, hizo un gesto despreciativo con los labios.
—No se disguste V., D. Cipriano, que va a enfermar.[141.3]
Una ola formidable de sangre subió al rostro del susceptible funcionario.
—Señora, tenga V. presente[141.4] con quien habla.
—Con el hijo de Pepa la panadera—dijo ella, bajando la voz y volviéndole la espalda.
El capitán D. Cipriano era hijo, en efecto, de una humilde panadera y había ascendido desde soldado:[141.5] no era de los que ocultasen su origen ni se creía deshonrado por esto; mas el tono de desprecio con que la maestra pronunció aquellas palabras, le hirió tan profundamente, que no pudo articular ninguna. Después de mover varias veces los labios sin producir sonido alguno, al fin rompió, diciendo en voz temblorosa: