—Cállese V., mala lengua... o por vida de Dios, que la llevo a V. a la cárcel.
La maestra no contestó, temiendo sin duda que el juez exasperado cumpliese la amenaza: se contentó con reírse frente a sus tertulios.
D. Cipriano, repuesto de su emoción dolorosa, o convaleciente por lo menos, dijo con acento imperativo:
—A ver... designe V. la persona que ha de encargarse de su hija mientras permanezca en depósito.
La maestra volvió la cabeza, le miró otra vez con desdén y se puso a cantar frente a sus amigas:
Tan tarantán, los higos son verdes.
Viendo lo cual D. Cipriano, dijo con más imperio aún:
—Venga V. acá, D. Telesforo... Certifique usted ahora mismo que la señora no ha querido designar persona que se encargue de tener a su hija en casa mientras esté depositada.
Después de dar esta orden, salió de la tienda y se fue al portal: allí estaba Elisa a oscuras y temblando de miedo. Cuando hubo hablado con ella algunas palabras, volvió a entrar.
—En uso de la facultad que la ley me concede, designo a Dª. Rafaela Morán, madrina de la interesada, para que la tenga en su poder hasta que cese el depósito.