Mientras D. Telesforo extendía estas diligencias,[142.1] los marineros y las mujerucas comenzaron a consolar a la señá Isabel y a poner infinitos comentarios y glosas a la escena que se estaba efectuando: repuestos de la sorpresa que les había producido, se les desató la lengua de forma que[143.1] la tienda parecía un gallinero.
—¡Pero cómo se atrevería esa chica a dar un paso semejante!—decía uno.
—Después de todo, ¿qué se va a hacer?... Hay que tomarlo con calma, señá Isabel...—decía una vieja que no le pesaba nada[143.2] del disgusto que la maestra padecía.
—Por mí, si estuviera en su lugar—decía otra a quien le pesaba mucho menos—no me disgustaría poco ni mucho[143.3]... Que la niña se quiere marchar de casa... ¡Vaya bendita de Dios!... Con darle lo que es suyo, estamos en paz.[143.4]
La maestra la echó una rápida mirada de ira. La vieja sonrió con el borde de los labios:[143.5] ya sabía que había herido en lo más vivo.
—Lo peor de todo es el ejemplo, D. Claudio—dijo el maragato.
—Tiene V. razón, ¡el ejemplo! ¡el ejemplo!—exclamó aquél elevando al cielo los ojos y las manos.
—A mí me daba en la nariz[143.6] que Elisa tenía algún secreto—apuntó un marinero anciano.—Por dos veces la vi hablando con D. Fernando de Meira, camino del[143.7] monte de San Esteban, y noté que en cuanto me atisbaron[143.8] echaron a correr, uno para un lado y otro para otro.
—Pues otra cosa me pasó a mí—dijo el cabo de mar.—Iba una tarde hacia Peñascosa, y a poco más de media milla de aquí me encontré a D. Fernando, en gran conversación con Elisa, y noté que acababa de separarse de ellos la viuda de Ramón de la Puente.
—¡Ya me parecía que aquí había de andar la mano del señor de la gran casa de Meira!—exclamó la maestra.