Oyendo aquel insulto, D. Fernando no pudo contenerse y entró como un huracán por la puerta de la tienda, con las mejillas pálidas y los ojos centellantes.

—¡Oiga V., grandísima pendeja; enjuáguese V. la boca antes de hablar de la casa de Meira!

—¡No lo dije yo!—exclamó la maestra soltando al mismo tiempo una carcajada estridente.—¡Ya pareció el marqués de los calzones rotos!—Y encarándose con él, añadió sarcásticamente:—¿Cuántos zoquetes de pan le han dado, señor marqués, por encargarse de este negocio?

Los tertulios rieron. El pobre caballero quedó anonadado; la cólera y la indignación se le subieron a la garganta, y en poco estuvo que no le ahogasen;[144.1] comprendió que era imposible luchar con la desvergüenza y procacidad de aquella mujer, y se salió de la tienda pálido y convulso. Pero la maestra, viendo que se le escapaba la presa, le gritó:

—¡Ande V., pobretón! Le habrán llenado la panza para servir de pantalla, ¿verdad? Ande, váyase y no vuelva, ¡gorrón! ¡pegote! ¡chupón!

El noble señor de Meira, al recibir por la espalda aquella granizada de injurias, se volvió, agitó los puños y tuvo fuerzas para preguntar:

—¿Pero no hay quien clave un hierro candente en la lengua a esa infame mujer?

Al decir esto recordaba, sin duda, los terribles castigos que sus antepasados infligían a los villanos insolentes. Pero en la tienda, estas aterradoras palabras fueron acogidas con una risotada general.

D. Telesforo, en tanto,[145.1] había concluido de escribir. El juez, cada vez más ofendido con la maestra, dijo al secretario:

—Haga V. el favor de notificar a la madre de la joven que debe entregar la cama y la ropa de su uso.