—Yo no entrego nada, porque lo que hay en casa es mío—dijo la vieja poniéndose seria.

—Dígale V. a la señora—continuó el juez, dirigiéndose a D. Telesforo,—que eso ya se verá: por lo pronto,[145.2] que entregue la cama y la ropa que la ley concede a la depositada.

—Pues yo no entrego nada.

—¡Pues se lo tomaremos!—exclamó D. Cipriano exasperado.—A ver: dos de VV. que vengan conmigo a servir de testigos...

Y señalando a un par de marineros, les obligó a subir con él al cuarto de Elisa. Ésta sollozaba en el portal escuchando con terror los atroces insultos que a ella, a su novio y a la familia de éste lanzaba su madre dando vueltas[145.3] por la tienda como una fiera.

Al cabo de un instante bajó D. Cipriano.

—Elisa, sube conmigo a señalar tu ropa.

—¡Por Dios, señor juez! Déjeme V. por Dios! No quiero llevarme nada...

D. Cipriano, respetando el dolor de la joven y su delicadeza, no quiso insistir. Pero se fue a la calle en busca de José, le llevó arriba y le hizo cargar con la ropa y la cama de Elisa. Después sacó a ésta del portal, la colocó entre D. Fernando de Meira y él, y se dirigieron a casa de la madrina escoltados por el secretario y algunas mujeres y marineros que se habían juntado a la puerta de la tienda. José marchaba delante trotando con su grata carga.

XV