Trascurrieron los tres meses que la ley señala para esperar el consejo paterno: no se pasaron tan alegres como podía presumirse. Elisa no estaba contenta en casa de su madrina: era una vieja egoísta e impertinente que no cesaba en todo el día de reñir con las gallinas, con el cerdo y con los gatos. Acostumbrada a este gruñir y rezar constante, pronto consideró a su ahijada como uno de tantos animales domésticos, y le prodigó los mismos discursos: de vez en cuando le echaba en cara directa o indirectamente el favor que la hacía; favor que la joven había prometido pagar cuando estuviese en posesión de sus bienes. Además, la rebelión contra su madre la traía pesarosa;[146.1] sentía remordimientos; lloraba a menudo; más de una vez se sintió tentada a volverse a casa, echarse a los pies de señá Isabel y pedirla perdón. José la sostenía con su pasión enérgica y dulce a la par[146.2] en estos momentos de flaqueza, tan propios en una hija buena y sencilla. No salía apenas a la calle: sólo a la hora del oscurecer, cuando su novio venía de la mar, hablaba algunos cortos instantes con él a la puerta de casa, delante de su madrina, quien no se alejaba un punto de ellos, más por el gusto de estorbarles, que para guardar a su ahijada. Tal vez que otra, muy rara,[146.3] salían de paseo los tres por algún camino extraviado, de suerte que nadie los viese: la inocente muchacha imaginaba que su conducta era juzgada severamente en Rodillero, y que todos la reprobaban. No era verdad: los vecinos del lugar, sin faltar uno, hallaban justificada su resolución, y se habían alegrado no poco de ella: la maestra era generalmente odiada.
Hubo un suceso también que les impresionó dolorosamente, lo mismo a ella que a José, y que hizo bastante ruido en el pueblo. D. Fernando de la casa de Meira había desaparecido de Rodillero pocos días después de haberse depositado a Elisa; de nadie se despidió, y nadie supo a dónde se había dirigido: todas las indagaciones que se hicieron para averiguar su paradero, fueron infructuosas. José experimentó un gran disgusto: precisamente tenía ya ahorrados de la costera del bonito cerca de tres mil reales que pensaba darle en seguida a cuenta de los diez mil que de él había recibido, figurándose, no sin razón, que los dineros con que se había quedado[147.1] de los catorce mil que D. Anacleto le había pagado por la casa, andarían muy cerca de concluirse. Volvíase loco pensando que acaso hostigado por la necesidad, y no queriendo de vergüenza pedirle nada, se habría huido por el mundo[147.2] el buen caballero a quien tantos favores debía. Salió expeditamente él mismo en su busca, abandonando para ello lancha y trabajo; pero después de recorrer durante cuatro días todos los contornos y haber extendido la excursión a varios puntos distantes de la provincia preguntando en todos los parajes, viose necesitado a regresar sin saber nada. Esto le tenía muy apesadumbrado.
La costera del bonito había sido tan buena aquel año como el anterior: la lancha que José había comprado a un armador vizcaíno, trabajó admirablemente todo el verano: la compaña, en la cual figuraban como antes el satírico Bernardo y el tremendo Corsario, estaba contentísima, no sólo por las ganancias que percibía, sino por ver al pobre José, a quien todos apreciaban de veras, al cabo de sus desgracias y en vísperas de ser feliz. Repetíase sin notables variantes lo que pasaba en el comienzo de esta historia: Bernardo embromaba a sus compañeros, y en particular al Corsario, con faramallas divertidas como la de la piedra de marras:[148.1] José no salía tampoco ileso de ellas. A menudo le preguntaba:—¿Pero cuándo vemos esa comedia, muchacho? Mira tú que se van a marchar los cómicos.—Todos estaban al tanto de lo que aquello significaba, y reían, recordando la promesa que José les había hecho el año anterior, de darles dinero el día de su matrimonio para ir a Sarrió a ver una función de teatro. La única diferencia, y de ello no les pesaba nada, era que este año había mucha sardina: los viejos, mientras ellos corrían por la altura aferrando bonitos, se mantenían cerca de la costa, con las barcas chicas, y mañana y tarde solían volver a casa cargados de pescado. En pocos meses había entrado mucho dinero en el pueblo: las fábricas de escabeche funcionaban noche y día; no se veían por la calle sino maragatos y carros atestados de barriles. El cuerno de la abundancia se había vaciado de golpe sobre Rodillero; y, como sucedía siempre en tales casos, en vez de separar una parte de las ganancias para comer en los días de miseria, todas se invertían en las tabernas y en el mercado. Entre los pescadores no se conoce apenas el ahorro; pero hay disculpa para ello: el peligro constante en que viven les arranca la facultad de prever, que tan desarrollada está entre los campesinos; el trabajo rudo y sombrío a que se entregan les hace apetecer con ansia los momentos de expansión y la alegría ruidosa que el vino comunica.
Sucedió lo que era de esperar: en pos de los bienes, los males. Terminada la costera del bonito, y también casi dando las boqueadas[149.1] la de la sardina, quedaron las lanchas paradas algún tiempo esperando la merluza y el congrio. Los marineros, durante este tiempo de holganza, vivían en las tabernas o se paseaban en pandillas, según su costumbre, por las riberas de la mar escrutando y dando su opinión sobre las velas que cruzaban por el horizonte. En estos días se comieron lo que les restaba de los pingües quiñones del verano.
Pero el invierno no se presentó benigno. Cuando empezaron a salir al congrio y la merluza, volvían la mayor parte de los días sin nada o con muy poco pescado. Además, en varias ocasiones sintieron algunos latigazos del Noroeste, que les puso en cuidado. Dejaron entonces de pescar, y aguardaron que llegase la época propicia para el besugo. El mes de Diciembre siguió aún más rudo y tornadizo[149.2] que el de Noviembre; mas como no había otro remedio que ir a la mar, bajo pena de morirse de hambre o salir a pedir limosna por las aldeas, cosa que solamente hacían en el último aprieto, comenzaron a trabajar en la pesca del besugo, aunque recelosos y prevenidos para cualquier evento. El tiempo fue de mal en peor: algunos días serenos llegaban que les hacían concebir esperanzas de mejoría; pero al instante se cambiaba y volvía a mostrarse con cariz feo y huraño.[150.1] Cierta especie propalada por el lugar les infundió aún más recelo: se decía que un muchacho había visto varias noches salir de la ribera tres de las lanchas, tripuladas por hombres vestidos de blanco, y que al cabo de dos o tres horas las veía entrar de nuevo solas. No es fácil representarse el terror que esta noticia produjo en el pueblo, sobre todo entre las mujeres: los hombres también estaban tristes y medrosos, pero lo disimulaban.
A la general tristeza que en el pueblo reinaba, y de la cual participaban, no en pequeña porción, Elisa y José, se añadió para éstos una desgracia que les conmovió hondamente: se supo de modo evidente[150.2] que D. Fernando de Meira había sido encontrado muerto en un camino de sierra, allá hacia la montaña[150.3] de León. Se dio por supuesto[150.4] entre los vecinos que el caballero iría[150.5] a buscar dinero a réditos[150.6] por la noche, según su costumbre, y se habría matado[150.7] de una caída; pero algunos, sin respeto a la memoria del comendador de Villaplana, del procurador de las Cortes de Toro, del presidente del Consejo de Italia y del oidor de la Audiencia de Méjico, aseguraban que D. Fernando iba pidiendo limosna y se había muerto de hambre y de frío. Sea de esto lo que quiera,[150.8] su muerte causó en todo el pueblo triste impresión, porque era universalmente querido. Elisa le lloró como a un padre, y José anduvo muchos días caviloso[150.9] y taciturno. Pero al cabo, los preparativos de boda consiguieron secar las lágrimas de ambos y ocupar exclusivamente su atención. Habían pensado casarse en los primeros días de Diciembre; mas no fue posible por algunas dificultades que el cura puso y necesitaron vencer; y también porque no hallaron casa. José no quería de modo alguno vivir con su madre, pues conociéndole el genio, sabía que Elisa iba a tener disgustos, por más que aquélla ya la amase entrañablemente. Quedó aplazado el matrimonio para año nuevo. Los preliminares, tan sabrosos siempre para los enamorados, no lo fueron tanto en esta ocasión por las particulares circunstancias en que se hallaban y por la atmósfera de tristeza que pesaba sobre el pueblo.
El tiempo vino tan recio[151.1] y la desconfianza de la marinería era tanta, que reunidos los patrones de las lanchas, acordaron velar todas las noches tres de ellos, para reconocer atentamente el estado de la mar y del cielo, y en vista de sus observaciones, decidir si se había de llamar a la gente o no. Además, como generalmente se salía antes de amanecer, se previno que la lancha que saliese primero o fuese delante pusiese una luz en la proa, en caso de que hallase peligroso el continuar, la cual serviría de señal a las otras para volverse al puerto. Dos noches antes del suceso que vamos a narrar le tocó a José hacer la guardia con otros dos; vieron malo el cariz y no quisieron avisar. Pero como hacía ya algunos días que estaba la pesca parada y comenzaba a dejarse sentir el hambre, algunos murmuraron en la taberna de esta determinación; el día había mejorado un poco, aunque no mucho. Por la noche se quedaron de vela otros tres patrones, los cuales vacilaron mucho tiempo antes de dar al muchacho la orden de revolver,[151.2] porque el semblante era feo y sucio como pocas veces; mas al fin la dieron, pensando en la miseria de la gente o temiendo acaso las murmuraciones.
José fue uno de los primeros que llegaron a la ribera.
—¡Ave María, qué barbaridad![152.1]—exclamó, mirando al cielo.—¡Vaya una noche que han escogido para salir a la mar!
Pero era demasiado prudente para alarmar a sus compañeros, y demasiado bravo para negarse a salir. Se calló, y ayudado de sus compañeros botó al agua la lancha: como estaba la más próxima, quedó a flote y aparejada la primera. En cuanto la compaña estuvo a bordo, comenzaron a bogar. Eran más hombres que en el verano, lo cual sucede siempre, tanto porque en el invierno la gente no se reparte en otras faenas, cuanto porque a causa de las frecuentes calmas, es preciso que haya bastantes remos en las lanchas. En la de José iban catorce.