Después que se hubieron apartado del puerto una milla, José dio la orden de izar vela. Las lanchas asturianas llevan siempre cinco, que son por orden de magnitud: la mayor, la cebadera, el trinquete, el borriquete y la unción,[152.2] las cuales se combinan diversamente según la fuerza del viento: la unción, que es la más pequeña, lleva este nombre terrible, porque se iza sola cuando están a punto de perecer.
—¿Qué izamos, José?—preguntó uno.
—Los trinquetes—respondió éste secamente.
Los marineros pusieron la cebadera en el medio y el trinquete en la proa, pues tal era lo que la orden significaba.
La noche estaba oscura, pero no encapotada; el cielo se mostraba despejado a ratos; las nubes negras y redondas corrían con extraña velocidad, lo cual manifestaba claramente que el viento soplaba huracanado arriba, por más que abajo no se hubiese aún dejado sentir con fuerza. Esto tenía sumamente inquieto y preocupado a José, quien no apartaba la vista del cielo. Iban todos silenciosos y tristes; el frío les paralizaba las manos, y el temor, que no podían ocultar, la lengua; echaban también frecuentes miradas al firmamento, por donde corrían cada vez con más furia las nubes; la mar estaba gruesa y sospechosa.
Así caminaron un cuarto de hora, hasta que José rompió de súbito el silencio lanzando una interjección.
—...¡Esto es una porquería! ¡Hoy no salen a la mar ni los perros!
Tres o cuatro marineros se apresuraron a decir:
—Tienes razón.—Es un tiempo cochino.—Está bueno para los cerdos, no para los hombres.
—Por nosotros, José—concluyó diciendo uno,—no sigas adelante... Si te parece, da la vuelta[153.1]...