José no respondió: siguió callado unos minutos hasta que, levantándose de pronto, dice en tono resuelto:
—Muchacho, enciende ese farol... A cambiar.[153.2]
El rapaz encendió el farol, y lo colocó en la proa con visible satisfacción. Los marineros ejecutaron la maniobra, satisfechos también, aunque sin mostrarlo.
La lancha comenzó a navegar orzada hacia Rodillero. Al instante vieron encendidas, allá a lo lejos, unas después de otras, las luces de todas las lanchas. Esto significaba que todas habían visto la señal y se volvían al puerto.
—¡Si no podía menos![153.3]—dijo uno.
—¡Quién va con ganas a la mar hoy!—dijo otro.
—Pero esos borricos de Nicolás y Toribio, ¿por qué mandaron revolver?
Se les había desatado la lengua a todos. Mas después de caminar un rato hablando, observó José por sotavento el bulto de una lancha que pasaba no muy lejos de la suya, sin luz en la proa.
—Alto, muchachos—dijo.—¿Qué diablos es esto? ¿A dónde va esa lancha?
—Pregunta.