El patrón se puso en pie y haciendo con las manos una bocina, gritó:
—¡Ah de la lancha![154.1]
—¿Qué quieres, José?—contestó el de la otra, que le conoció por la voz.
—¿A dónde vas, Hermenegildo?—preguntó José, que también le había conocido.
—A la playa—repuso el otro acercándose cuanto pudo.
—¿Pero no habéis encendido los faroles después que yo lo puse?[154.2]
—Sí, pero conozco muy bien a este pueblo: te habrán enseñado los faroles, sin hacer maldito el caso[154.3]... ¿Cuánto me apuestas a que todos los barcos amanecen hoy[154.4] en la playa?
—¡Malditos envidiosos!—exclamó José por lo bajo, y dirigiéndose a la tripulación:—A cambiar otra vez... El día menos pensado va a haber una desgracia por estas cicaterías...
Los marineros ejecutaron la maniobra de mal humor.
—¿No te dije muchas veces, José—apuntó Bernardo,—que en este pueblo cualquiera se queda tuerto porque el vecino ciegue?[154.5]