El patrón no contestó.
—Lo gracioso[154.6] es—observó otro—que esos babiecas piensan que van a engañarse, cuando aquí al que más y al que menos, le duelen los riñones de saber con qué bueyes ara.[155.1]
—La risa será cuando nos veamos todos, así que amanezca—añadió un tercero.
—Ya veréis si cualquier día sucede algo—dijo otra vez José,—cómo[155.2] no ha de faltar a quien echar la culpa.
—Eso siempre—repuso Bernardo con gravedad cómica.
Después de estas palabras reinó silencio en la lancha. Los marineros contemplaban taciturnos el horizonte: el patrón observaba cuidadosamente el cariz y se mostraba cada vez más inquieto, apesar de que hubo un instante en que el cielo apareció despejado casi por entero. Pero no tardó en cubrirse de nuevo. Sin embargo, el viento no soplaba duro sino arriba: hacia el amanecer también aquí se calmó. La aurora fue triste y sucia como pocas: la luz se filtraba con enorme trabajo por una triple capa de nubes.
Cuando llegaron a la playa, vieron en efecto a casi todas las lanchas de Rodillero que ya habían echado al agua las cuerdas y pescaban no muy lejos unas de otras. Hicieron ellos otro tanto[155.3] después de arriar las velas, y metieron a bordo durante dos horas algunos besugos; no muchos. A eso de las diez se ennegreció más el cielo y cayó un chubasco que arrastró consigo un poco de viento: a la media hora vino otro y el viento sopló más fuerte. Entonces algunas lanchas recogieron los aparejos, e izaron vela poniendo la proa a tierra: las demás, unas primero y otras después, siguieron el ejemplo.
—Para este viaje no necesitábamos alforjas—dijo un compañero de José, amarrando de mal humor el puño del borriquete[156.1] a la proa.
Estaban a unas diez o doce leguas de la costa. Antes de haberse acercado dos millas a ella, vieron que el cielo se ennegrecía fuertemente hacia el Oeste: fue tal la negrura, que los marineros se miraron unos a otros despavoridos.
—¡Madre del alma, lo que allí viene!—exclamó uno.