José había mandado desde el principio, por precaución, izar los borriquetes, esto es, el trinquete en el medio y el borriquete a proa. Miró fijamente al Oeste: la negrura se iba acercando rápidamente. Cuando sintió en el rostro el fresco que precede al chubasco, se puso en pie gritando:

—¡Arriar en banda escotas y drizas![156.2]

Los marineros, sin darse cuenta tan cabal del peligro, se apresuraron, no obstante, a obedecer. Las velas cayeron pesadamente sobre los bancos: y fue bien a punto,[156.3] porque una ráfaga violentísima cruzó silbando por los palos y empujó con fuerza el casco de la embarcación. Los marineros dirigieron una mirada a José, que era un voto de gracias y confianza.

—¡Cómo has olido el trallazo recondenado![156.4]—dijo uno.

Pero al dirigir la vista al mar, observaron que una de las lanchas había zozobrado: otra vez volvieron los rostros a José, pálidos como difuntos.

—¿Has visto, José?—le preguntó uno con voz ronca y temblorosa.

El patrón cerró los ojos en señal de afirmación. Pero el rapaz que estaba a proa, al enterarse de lo que había ocurrido, comenzó a lamentarse a voces.

—¡Ay Virgen Santísima! ¿qué va a ser[157.1] de nosotros? ¡Madre mía! ¿qué va a ser de nosotros?

José, encarándose con él, los ojos centelleantes de cólera, gritó:

—¡Silencio, cochino, o te echo al agua ahora mismo!