El chiquillo, asustado, se calló.
—Traed[157.2] el borriquete al medio y la unción a proa—ordenó después.
Así se hizo rápidamente: José arribó[157.3] cuanto pudo, teniendo cuidado de no perder la línea de Rodillero: la lancha comenzó a navegar con extraordinaria velocidad, porque el viento soplaba impetuoso y cada vez más recio. No se pasaron muchos minutos sin que se levantase una formidable marejada o mar del viento, que les impidió ver el rumbo de las otras lanchas: a intervalos cortos llovía copiosamente. La salsa les incomodaba bastante y fue necesario que varios hombres se empleasen constantemente en achicar el agua; pero José atendía más al viento que a ésta: soplaba tan desigual y traidoramente, que al menor descuido estaba seguro de zozobrar: otras dos veces se vio precisado a arriar de golpe las velas para eludir la catástrofe. Últimamente, viendo la imposibilidad de navegar con dos velas, mandó izar sola la unción. Los marineros le miraban consternados: a varios de ellos les temblaban las manos al ejecutar la maniobra.
—Hay que arribar del todo—dijo José, con la voz ronca ya por los gritos que había dado.—No podemos entrar en Rodillero. Entraremos en Sarrió.
—Me parece que ni en Sarrió tampoco—repuso un viejo por lo bajo.
—Nada de amilanarse,[158.1] muchachos: ¡ánimo, que esto no es nada!—replicó el patrón con energía.
Desde el momento en que se resignaron a no entrar en Rodillero y pusieron la popa al viento, éste ya no dio cuidado, máxime llevando tan poquísimo trapo. Pero el mar comenzaba a inspirar mucho miedo: la marejada, ayudada de la mar gruesa de la noche, se había convertido en verdadera mar de fondo, terrible e imponente. Los golpes que recibían por la popa eran tan fuertes y continuados, que al fin hubo necesidad de orzar un poco, presentando el costado a las olas: de otra suerte corrían peligro inminente de que la lancha se anegase: así y todo,[158.2] muchos de ellos no cesaban de achicar agua. El movimiento de ésta seguía aumentando; las olas eran cada vez más altas; la lancha desaparecía debajo de ellas y por milagro volvía a salir. Uno de los golpes les llevó el timón: José tomó apresuradamente el que tenía de reserva; pero al engancharlo, otro golpe se lo arrancó de las manos y metió dos o tres pipas de agua a bordo.
El rapaz volvió a exclamar sollozando:
—¡Ay, madre de mi alma, estamos perdidos!
José le arrojó la caña del timón, que había quedado sobre el banco, a la cabeza.