—¡Cállate, ladrón, o te mato!

Y viendo en los rostros de algunos compañeros señales de terror, les dijo echándoles una mirada feroz:

—¡Al que me dé un grito, le retuerzo el pescuezo!

Aquella ferocidad era necesaria: si el pánico se apoderaba de la compaña y dejaba un instante de achicar, se iban a pique sin remedio.

Para sustituir al timón, puso un remo en la popa. Con las velas izadas, es de todo punto[159.1] imposible gobernar con el remo; pero como no llevaban más que la unción, pudo, a costa de grandes esfuerzos, sujetar la lancha. Cada golpe que recibían, metía una cantidad extraordinaria de agua a bordo; y apesar de que un hombre, trabajando bien, puede achicar con el balde una pipa en ocho o diez minutos, era imposible echarla toda fuera; les llegaba casi siempre cerca de la rodilla. José no cesaba un momento de gritar, con la poca voz que le quedaba:

—¡Achicar, muchachos, achicar! ¡Ánimo, muchachos!... ¡achicar, achicar!

Una oleada llevó la boina a Bernardo.

—¡Anda—dijo éste con rabia,—que pronto irá la cabeza!

La situación era angustiosa: aunque procuraban disimularlo, el terror se había apoderado de todos igualmente: Entonces José, viendo que las fuerzas les iban a faltar muy pronto, les dijo:

—Muchachos, estamos corriendo un temporal deshecho;[159.2] ¿queréis que acudamos al Santo Cristo de Rodillero para que nos saque de él?