—Sí, José—contestaron todos con una precipitación que mostraba la congoja de su espíritu.
—Pues bien; le ofreceremos ir descalzos a oír una misa, si queréis... Pero es menester que esto sirva para darnos valor... Nada de asustarse. ¡Ánimo y achicar, achicar, muchachos!
La oferta les dio confianza y siguieron trabajando con fe; de tal modo que en pocos minutos echaron la mayor parte del agua fuera y la lancha quedó desahogada. José observó que el palo del medio les estorbaba.
—Vamos a desarbolar del medio[160.1]—dijo, y él mismo se abalanzó a poner las manos en el mástil.
Pero en aquel instante vieron con espanto venir hacia ellos una ola inmensa, alta como una montaña y negra como una cueva.
—¡José, ya no hay comedia![160.2]—exclamó Bernardo resignado a morir.
El golpe fue tan rudo, que hizo caer de bruces a José, batiéndolo contra los bancos: la lancha quedó inundada, casi entre aguas. Pero aquél, aunque aturdido, se alzó bravamente gritando:
—¡Achicar, achicar! Esto no es nada.
XVI
¿Qué pasaba en Rodillero?