—Sí... Ayer me dijeron lo que había pasado por la mañana en tu casa.
Los dos guardaron silencio. Se habían arrimado á la paredilla, el uno al lado del otro. Demetria arrancó un retoño verde de la zarza y lo deshizo entre los dedos con la mirada fija en el suelo. Nolo con los ojos abatidos igualmente daba golpecitos con su nudoso garrote sobre las piedras del camino.
—Nunca estuve más descuidada y alegre que ayer por la mañana—profirió al cabo en voz baja la joven.—Había lavado y vestido á mis hermanos y tenía mi ropa extendida sobre la cama para ponérmela cuando volviese de la fuente... Pensaba en la romería... Pensaba en bailar hasta caer rendida... Pensaba en ver á Flora... Cuando bajé la escalera encontré á mi madre llorando. Delante estaba una señora tan alta como yo, seria, con el pelo casi blanco. Llevaba pendientes que relucían como si tuviesen fuego dentro y en las muñecas unos anillos grandes con piedras verdes que relucían también... Cuando mi madre me dijo:—Demetria, esta señora es tu madre; yo no lo soy—pensé que me venía el techo encima. Quedé sin gota de sangre. Después me dijeron que iban á llevarme á Oviedo y vestirme de señora...
—¿Y no te alegras de eso?—preguntó Nolo sin levantar los ojos.
—No—respondió secamente la zagala.
Hubo una pausa. Nolo volvió á preguntar tímidamente:
—¿Será por el tío Goro y la tía Felicia? Te han criado como padres y tú los quieres como si lo fuesen...
—Sí, por ellos es... y por ti también—añadió rápidamente y en voz más baja.
Un estremecimiento sacudió el cuerpo del mozo de la Braña.
—¡Oh, por mí!... ¡Bien te acordarás cuando seas señora y vistas de seda y cuelgues de las orejas pendientes que reluzcan como candelas de este pobre aldeano que allá en la Braña destripa terrones!