—Calla, Nolo, calla—profirió ella con acento severo.—No me obligues á decir lo que no debo. Lo que soy ahora lo seré siempre para ti. Ya pueden ponerme los vestidos que quieran: debajo de ellos siempre estará Demetria, la misma rapaza para quien hacías zampoñas y buscabas nidos allá en el monte, la misma que acompañaste en las romerías tantas veces.
El mozo de la Braña escucha estas nobles palabras con alegría y guarda silencio paladeando su sabor delicioso.
—Si en Canzana hubieran querido—añadió la joven después de un rato con acento no exento de amargura—nadie me sacaría de casa.
—¡Qué iban á hacer los pobres, si no son tus padres!—murmuró Nolo.
—Ellos nada, pero dejarme á mí que lo hiciera.
—Bien sabes, Demetria, que eso no puede ser. Ni tenían razón para ello, ni se habrán atrevido á aconsejártelo.
Calló la zagala, comprendiendo que Nolo tenía razón, que su queja era injustificada.
—De todos modos—profirió después con resolución,—si ahora me marcho, algún día volveré. Nadie me quitará de venir á ver á mis padres... Y si me lo quitan, ya sabré lo que he de hacer.
—¿Cuándo te marchas?
—Mañana. Regalado, el mayordomo de D. Félix, quedó encargado de llevarme.