—Gracias, Plutón; no esperaba menos de tus buenos sentimientos.
—¡Hombre, tienes talento!... Pero no hagas tantos esfuerzos de inteligencia, porque te van á saltar los sesos.
El feroz minero dejó de reir y le lanzó una mirada torva. Los parroquianos rieron discretamente y admiraron el valor de Martinán. Éste prosiguió cada vez más alegre:
—Lo bebes porque te gusta, ¿verdad?... Y ¿por qué te gusta?... Porque lo necesitas... Y ¿por qué lo necesitas?... Porque consumes en la mina el calor que todos los animales tienen dentro de su cuerpo.
—Vaya, vaya, ojo con lo que hablas, porque si te descuidas te va á quedar la lengua fuera de los dientes.
—¡Qué! ¿te ofendes porque te comparo con los animales? Pues, querido, lo mismo tú que yo todos tenemos algo, mayormente, del animal. ¿Será en las uñas? No... ¿Será en los dientes? Tampoco...
Entrando en el terreno filosófico, que era su fuerte, Martinán se hallaba en el colmo de la alegría. Entablóse una acalorada disputa. El dialéctico tabernero llevó, como es natural, la mejor parte. Al cabo deshizo, pulverizó á su adversario. Por medio de una habilísima treta dialéctica le demostró también que si todos los hombres tenían algo común con los animales, él (Plutón) guardaba más relación con el asno que otro alguno. Como hubo murmullos de aprobación y risa comprimida, el minero quedó fuertemente desabrido. Martinán, una vez derrotado su adversario, ya no se acordó más de él y se mezcló á otro grupo buscando nuevo contendiente.
—¿Por qué no sangras á ese cerdo?—dijo Joyana al oído á su amigo.
Plutón guardó silencio. Se escanció dos copas de aguardiente y se las vertió en el estómago una tras otra. Luego se alzó del asiento y se acercó con indiferencia al grupo en que se hallaba Martinán.