—¡Jesús!—exclamó éste poniéndose pálido.—¡Me han herido!
Se llevó ambas manos á la cintura, vaciló un instante y cayó desplomado.
—¡Tú le has herido, Plutón!—exclamaron varios encarándose con el feroz minero.
—¡Yo!—profirió éste fingiendo con admirable serenidad la sorpresa.
—¡Sí, tú!—dijeron los paisanos que se hallaban cerca.
—¿Con qué arma?... Aquí tenéis mi navaja—respondió sacándola del bolsillo y presentándola.
Plutón, como criminal experto, llevaba siempre dos navajas. La que había herido al tabernero estaba en el suelo ensangrentada.
Mientras unos recriminaban al asesino, otros atendían al herido. Eladia exhalaba penetrantes lamentos. Su tía acudió corriendo y al enterarse, en vez de verter lágrimas, comenzó á increpar á su marido:
—¿Lo ves, burro, lo ves? ¿Ves lo que te está pasando por esa afición al palique, por no hacer caso de mí?... ¡Si hubieras ido á ordeñar las vacas no te hubiera pasado nada!
Martinán, á quien conducían entre varios al interior de la casa, todavía tuvo fuerza para sonreir y decir con voz apagada: